Al menos 89 jóvenes murieron en la última década mientras cumplían el Servicio Militar en Cuba.
Detrás de cada nombre hay una familia, una historia y una muerte que dejó preguntas sin respuesta. elTOQUE reconstruyó los casos, reunió testimonios, documentos y datos para mostrar qué ocurrió con esos jóvenes que estaban bajo responsabilidad del Estado cuando murieron.
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«Se los entregué vivo
y me lo trajeron en una caja»
Ydierg Fernández, madre de Darío Feria Fernández
Ver todas las entrevistas →Un régimen que llama a esto «servicio a la patria» mientras esconde los cuerpos y silencia a las familias está cometiendo una grave violación del derecho a la vida.
Mario Félix LleonartDirector del Instituto Patmos

Cada registro es una persona. Busca, filtra y ordena.
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2024
19 años · Provincia · Causa
Documentos oficiales que regulan el Servicio Militar en Cuba y tratados internacionales · · Se abren en PDF.
Cada testimonio recoge la voz de un familiar y, en algunos casos, se acompaña de documentos relacionados con la historia.
Madre de [caso]
Especialistas analizan el fenómeno desde distintas disciplinas.
Psicóloga
Psicóloga
¿Qué riesgos implica declarar apto para el Servicio Militar a un adolescente o joven con antecedentes de depresión, intentos o amenazas de suicidio, autolesiones u otros problemas de salud mental? ¿Qué evaluación debería realizarse antes de entregarle un arma y someterlo a las condiciones de una unidad militar?
En primer lugar, el Servicio Militar, bajo ningún concepto, debería ser obligatorio. ¿Por qué? Porque implica riesgos tanto físicos como psicológicos, y una persona debería poder decidir si quiere asumir esos riesgos o no.
En el caso de Cuba, obligar a un joven a cumplir el Servicio Militar afecta su autonomía, porque deja de tener capacidad de decisión sobre algo que compromete directamente su integridad.
El Servicio Militar conlleva, además, cierto grado de aislamiento: las personas pasan mucho tiempo dentro de una unidad militar y los jóvenes son separados de forma arbitraria de su red de apoyo. En el caso de alguien con algún trastorno mental, ese aislamiento puede agravar su condición; incluso una persona sin ningún trastorno previo podría desarrollarlo bajo esas condiciones y ese régimen de reglas.
En cuanto a la disciplina y la responsabilidad, se trata de valores que pueden aprenderse por otras vías —como ocurre con la formación cívica a través de la educación— y no necesariamente mediante el servicio militar, como sostienen las autoridades cubanas que han promovido esa idea.
Durante el Servicio Militar, los jóvenes están sometidos a mucha presión y a falta de sueño —por las guardias que se les imponen—, factores que afectan el bienestar de cualquier persona. Ello se agrava en el caso de alguien con un trastorno mental de base, que debería, en la medida de lo posible, contar con una rutina predecible, tranquilidad y cercanía con su red de apoyo.
La situación es aún más grave si la persona tiene antecedentes suicidas: ignorarlo y darle acceso a un arma de fuego añade un riesgo mayor. También pueden presentarse conductas autolíticas. No podemos afirmar que una persona con depresión sea potencialmente peligrosa para los demás, pero sí que, según el ambiente o el nivel de estrés al que esté sometida, puede llegar a hacerse daño a sí misma.
Antes de entregar un arma a estos jóvenes lo primero que deben hacer los responsables es revisar sus antecedentes, su estado de salud mental en ese momento, si ha presentado conductas relacionadas con autolesiones o consumo de sustancias, si ha tenido acceso a tratamiento farmacológico, y si tiene la capacidad real de afrontar las condiciones concretas del Servicio Militar. Por lo general, una persona que está atravesando un trastorno mental no tiene la capacidad de afrontar las situaciones adversas que se dan en una unidad militar, y no sabría decir hasta qué punto en Cuba se aplica un filtro de salud riguroso a cada persona.
Pero insisto: para mí, el primer filtro es que el Servicio Militar debería ser siempre voluntario.
¿Qué protocolos deberían activarse después de que un adolescente o joven exprese su intención de suicidarse, y qué consecuencias puede tener ignorarla o minimizarla?.
La intención suicida nunca debe minimizarse. De hecho, muchos jóvenes no expresan de forma explícita su intención de atentar contra su vida, sino que lo dejan entrever entre líneas, con frases como «esto que me está tocando vivir es demasiado duro», «siento que no puedo con esto» o «si tengo que seguir aquí, prefiero morirme». Cuando alguien se expresa así, lo primero que deben hacer los responsables es activar una respuesta sanitaria y de protección hacia esa persona.
Además, por tendencia, los hombres tienen mayores probabilidades de concretar un suicidio que las mujeres, ya que suelen ser mucho más letales a la hora de cometer el acto suicida. Pero en todos los casos, las señales de alarma nunca se pueden ignorar ni minimizar.
En cuanto a los protocolos de prevención necesarios en un contexto como el servicio militar, eso va a depender del país.
Algo que en Cuba tiende a ocurrir, muchas veces, es que se minimiza lo que expresan los familiares —padres, tíos— cuando manifiestan preocupación por si un joven que está cumpliendo el Servicio Militar pueda atentar contra su vida. Entiendo que no existe un protocolo oficial en el país, pero lo primero que normalmente debería hacerse es atender a esa persona y registrar el aviso de inmediato: dejar constancia de quién lo comunicó y quién recibió esa información, y escuchar, sin ridiculizar, tanto a quien da el aviso como a quien está teniendo esas ideas suicidas. Los hombres, muchas veces, son víctimas del machismo estructural de la sociedad: se les ridiculiza o se pone en duda su hombría, y no se les da permiso para mostrar vulnerabilidad.
Luego, es importante impedir temporalmente el acceso a armas y municiones, y también sacar a esa persona del ambiente que puede resultar hostil y que, de alguna manera, la está llevando a tener esas ideas. Como ya mencioné antes, estos jóvenes están en una situación de aislamiento, sujetos a normas muy estrictas y, muchas veces, con falta de sueño. Por ese motivo, es importante procurar que la persona esté en un lugar que sienta seguro —que su cerebro perciba como seguro—, cerca de su red de apoyo y de su familia, con una rutina predecible, y por supuesto, con acceso limitado a armas y municiones. Aunque, para mí, lo ideal sería sacarla del Servicio Militar.
También considero importante asegurar el acompañamiento: que esa persona pueda tener sostén psicológico —psiquiatras, psicólogos, terapia de grupo— y que, si llega a desarrollar, por ejemplo, un trastorno de estrés postraumático por lo vivido en la unidad militar, esa necesidad se pueda cubrir lo antes posible con acompañamiento psicológico, en especial si está atravesando ataques de pánico u otras crisis. Brindarle las herramientas necesarias para que, poco a poco, vaya recuperando bienestar y autonomía.
Se puede realizar también una evaluación clínica de salud mental mediante los distintos cuestionarios existentes para medir ansiedad, depresión… Y, por supuesto, establecer un tratamiento, un plan de seguridad y un seguimiento: no solo brindarle apoyo a la persona, sino también ver su evolución. Básicamente, que estos casos puedan servir de precedente para que la salud mental se aborde de manera preventiva, de modo que las personas no lleguen a esos límites en los que puedan atentar contra su vida.
Esa es, quizá, no la parte más importante del protocolo, pero sí la que puede prevenir que estos casos vuelvan a ocurrir o que otras personas lleguen a tener ese tipo de ideas suicidas.
¿Cómo pueden influir en la salud mental de un adolescente o joven que cumple el Servicio Militar factores como el aislamiento de su entorno familiar —la mayoría son trasladados muy lejos de su provincia de origen—, el bullying o maltrato entre compañeros, la disciplina y presión militar, el estrés, las carencias materiales, la falta de descanso y la dificultad para pedir ayuda?
Todos esos factores pueden actuar de forma acumulativa. El desgaste a nivel mental se va observando con el paso del tiempo y es multifactorial.
El aislamiento familiar, por ejemplo, reduce la principal red de apoyo de ese joven, lo cual puede aumentar la soledad, la ansiedad y la sensación de desamparo —factores que predisponen el desarrollo de un trastorno mental—. El ser humano necesita sentir que es parte de un grupo y tanto la soledad como la ansiedad y esa sensación de desamparo y desesperanza pueden predisponer al desarrollo de un trastorno mental.
El bullying, las humillaciones y el maltrato pueden provocar miedo constante, pérdida de autoestima, sintomatología depresiva y sintomatología de estrés postraumático, y en casos graves pueden llevar a que la persona sufra autolesiones o desarrolle ideas suicidas.
Otro factor importante es la disciplina y la presión militar intensa. Hay que tener en cuenta que la persona no eligió voluntariamente estar allí y eso puede generar un estrés sostenido en el tiempo en el que el cuerpo entra en estado de hipervigilancia constante, con la necesidad de hacerlo todo bien para no ser señalado. Eso conlleva mucha irritabilidad, agotamiento y problemas de concentración.
Hay que considerar que en Cuba el Servicio Militar está ligado a muchísimas carencias a nivel material: las condiciones en que viven, la alimentación deficiente, la falta de higiene y de equipamiento aumentan, en primer lugar, el desgaste físico. Y ese desgaste físico sostenido en el tiempo lleva también a un desgaste psicológico. Lo mismo ocurre con la privación del sueño, que empeora el estado de ánimo y es una de las principales causas de trastornos como la depresión y la impulsividad. La falta de descanso también puede provocar falta de juicio, incapacidad para afrontar situaciones difíciles y comprometer la capacidad de pedir ayuda.
Cuando existe miedo a ser considerado débil, a ser castigado o a ser ridiculizado, la persona puede ocultar con facilidad síntomas graves que, al final, pueden llevarla al colapso emocional.
Si en una institución se repiten durante años casos de suicidios, muertes violentas, accidentes con armas y denuncias de maltrato entre jóvenes, ¿deberían analizarse estos hechos como episodios aislados o como posibles indicadores de un problema estructural que afecta la salud mental y la seguridad de quienes cumplen el Servicio Militar?
Sí, obviamente deberían analizarse como posibles indicadores de un problema estructural. También es necesario investigar cada caso de forma individual, porque cada persona tiene ciertos factores que la predisponen o la condicionan a desarrollar problemas de salud mental o a tener ideas suicidas. Pero cuando algo se repite constantemente en el tiempo, hay un problema estructural de base y deberían revisarse, por ejemplo, los patrones comunes: en qué unidades de Servicio Militar ocurren estos hechos, cuáles son las circunstancias, si ha habido denuncias previas y qué respuesta han dado las autoridades al respecto.
También deberían analizarse las condiciones de vida y el trato: si hay maltrato, humillaciones, aislamiento, falta de descanso, miedo a pedir ayuda, y si existen fallos en la protección de esos jóvenes —por ejemplo, si tienen o no acceso a atención psicológica, a supervisión y a control—. Además, habría que revisar si cuentan con canales para denunciar, sin temor a represalias, aquello con lo que no se sienten bien, y si existen datos sobre las medidas que se han ido adoptando para prevenir y solucionar ese problema.
Hay un dato interesante al respecto: la OMS reconoce que la violencia, el abuso y el aislamiento están asociados con la conducta suicida, y recomienda estrategias de prevención que combinen atención individual, restricción del acceso a medios letales y vigilancia.
¿Cómo puede afectar a una familia la muerte de un hijo durante el Servicio Militar Obligatorio cuando los familiares sienten que no recibieron explicaciones suficientes, que sus dudas no fueron investigadas o que no hubo justicia? ¿Qué necesitan esas familias para elaborar un duelo y cerrar un proceso que quedó marcado por la incertidumbre?
La muerte de un hijo en esas circunstancias es una de las más injustas que pueden existir, porque en la mayoría de los casos no fue algo que ese hijo escogió, sino algo impuesto por un sistema que, muchas veces, no evaluó correctamente si ese joven tenía la capacidad de afrontar las demandas que implica cumplir el Servicio Militar. Eso puede generar en los familiares una profunda sensación de desamparo, rabia y una gran sensación de traición institucional.
Pueden quedar muchísimas preguntas sin respuesta, sobre todo en un sistema como el cubano, donde muchas veces no se hace justicia y el Estado antepone sus intereses a los de las familias y las personas. Ello puede hacer que los padres o familiares pasen más tiempo del habitual buscando explicaciones, lo cual dificulta que puedan encontrar tranquilidad.
Además, está demostrado que una muerte repentina o violenta aumenta el riesgo de un duelo prolongado. Aunque no todas las personas desarrollan un duelo prolongado ante estas circunstancias, sí aumenta la probabilidad de un duelo patológico: aquel en el que, incluso después de años, la persona todavía no ha logrado integrar la pérdida.
Para acompañar a esas familias —si Cuba fuera un lugar donde se valorara la vida humana— lo primero que tendría que hacerse es ofrecer explicaciones claras y llevar a cabo una investigación creíble e independiente que atienda las dudas de los familiares y reconozca honestamente qué le ocurrió a ese hijo y qué pudo llevarlo a tener conductas suicidas.
Es necesario garantizar un trato digno, escuchar el dolor de los familiares sin culpabilizar al joven ni desacreditar ni a la familia ni a quien perdió la vida. También debe haber alguien que rinda cuentas y que repare el daño cuando corresponda, junto con medidas concretas para evitar que se repitan muertes en esas unidades militares.
Hace falta también apoyo psicológico y social sostenido en el tiempo, y que se generen espacios para recordar y despedirse, como suele hacerse, por ejemplo, con las personas que han muerto en guerra: se les honra, se les recuerda.
Durante años, las muertes de jóvenes en cumplimiento del Servicio Militar Obligatorio en Cuba han sido documentadas y denunciadas por familiares, activistas, organizaciones de derechos humanos, periodistas y medios independientes. Sin embargo, muchas de esas historias permanecen dispersas, incompletas o han quedado fuera de los registros públicos.
Este proyecto, concebido como un memorial digital, se suma al esfuerzo de documentación y denuncia. Además de reunir y verificar información, busca preservar la memoria de las víctimas. Al documentar sus vidas, las circunstancias de sus muertes y las demandas de verdad y justicia de quienes los sobreviven, la investigación reivindica el derecho a la memoria y contribuye a construir un archivo público frente al silencio institucional.
El proyecto «Morir en uniforme: los hijos que Cuba convirtió en soldados» obtuvo una beca otorgada por el Instituto Prensa y Sociedad (IPYS), una organización civil sin fines de lucro que promueve la libertad de expresión, el acceso a la información pública y el periodismo independiente en América Latina.
La convocatoria se realizó en el marco del proyecto de periodismo de investigación Comunidad Colpin, financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid).
Esta investigación sistematiza y amplía el trabajo de documentación realizado durante años por organizaciones de derechos humanos como Archivo Cuba y Cubalex, cuyos informes han registrado numerosas muertes ocurridas bajo custodia del Estado cubano, incluidas las relacionadas con el Servicio Militar Obligatorio.
También se nutre de investigaciones periodísticas desarrolladas por Claudia Padrón Cueto, de CubaNet; José Manuel González Rubines; y del estudio El endurecimiento del Servicio Militar Obligatorio en Cuba, publicado por Cuba Siglo 21, entre otros antecedentes que han contribuido a visibilizar este fenómeno.
Reconocemos, asimismo, el sostenido trabajo de documentación realizado por la activista Alicia Alonso y por Alfredo González, padre de Annier González, quien murió durante el Servicio Militar Obligatorio. Tras la muerte de su hijo, Alfredo creó la página de Facebook «No más víctimas del Servicio Militar», desde la que ha recopilado durante años testimonios de familiares, denuncias, documentos, reportes y nueva información sobre jóvenes fallecidos. Ese espacio se ha convertido en uno de los principales repositorios ciudadanos sobre el tema.
Este trabajo también es deudor de la labor de los medios independientes cubanos que durante años han investigado, verificado y dado seguimiento a casos silenciados, minimizados o presentados de forma parcial por la prensa estatal. Su trabajo ha permitido reconstruir hechos, contrastar testimonios y preservar registros que, de otro modo, podrían haberse perdido.
Junto a esa labor, familiares, activistas e influencers cubanos han desempeñado un papel decisivo en la denuncia pública y la preservación de la memoria de las víctimas. A través de las redes sociales, han difundido fotografías, testimonios, documentos, llamados de auxilio y campañas de visibilización que, en numerosos casos, constituyen el primer registro público de una muerte ocurrida durante el Servicio Militar Obligatorio. La documentación ciudadana ha sido esencial para identificar casos, corroborar información y evitar que muchas de las historias quedaran sumidas en el silencio.
Si tienes información sobre una muerte que no está en el registro, cuéntanos. Revisamos cada envío con cuidado y confidencialidad.
Quiénes eran antes del uniforme: sus sueños, sus días, sus familias.
Actas, informes, denuncias y archivos que respaldan cada caso documentado.